Una anécdota relacionada, en cierta manera, con la fundación de la ciudad.
El seis de octubre de 1752 el cabildo de La Habana concedió permiso a las hermanas Catharina y Bárbara Palacián y Gatica interesadas en crear un estado de población en el lugar, que los indios llamaban Axaruco (corriente agua dulce).
Entonces, las autoridades coloniales, vende el hasta aquel momento corral de Jaruco, a Don Gabriel Beltrán de Santa Cruz y Aranda, quien inicia los trámites legales para fundar una ciudad, lo cual le permitiría aspiran al título de Conde.
Antonio Palacián y Gatica, era propietarios desde 1740 de casa situada en San Ignacio y Callejón del Chorro, en una de las esquinas de la Plaza de la Catedral, era hermano de Catharina y Bárbara y amigo del aspirante a rango nobiliario.
El susodicho murió en la cárcel y antes se desempeñaba como Teniente Gobernador y Auditor de Guerra, cargos que lo acreditaban como segundo al mando de La Habana, pero ¿Cuál fue su delito? Si uno se pone a ver, ninguno.
El caso es que en unión de Gabriel Beltrán de Santa Cruz tuvo la mala idea de presentar una denuncia contra el gobernador de la Colonia, Francisco Güemes de Horcasitas, Primer Conde de Revillagigedo, que hacia rabiar al patriciado criollo.
Por tal motivo, el mandamás interino le abrió un proceso judicial que culminó con la condena del denunciante y sin pretextos fue recluido de por vida en el sombrío castillo-prisión de San Juan de Ulúa, en Veracruz, México.
Como es evidente los hermanos Palacián y Gatica, estuvieron relacionados en alguna manera con Santa Cruz y Aranda, a quien el 10 de julio de 1770, el rey de España Carlos III otorgó el Título de Conde de San Juan de Jaruco.
El conde fue ilustre letrado, abogado de los Reales Consejos del Monarca y Fiscal de la Real Hacienda, sin embargo, a parecer, no movió sus influencias para lograr la excarcelación del protagonista de esta historia, que murió en prisión.






