Por: Margarita Selene Perera

Cada 4 de octubre, Jaruco amanece con un aire distinto. Ese día nació Francisco Rey Alfonso, Francis para quienes hemos tenido la suerte de tratarlo de cerca. Y si algo define su vida, más allá de los libros y los premios, es su empeño por recordarle a Cuba entera que Jaruco no es un pueblo cualquiera: es una de las pocas ciudades del planeta que ostenta el título de Ciudad Condal, y él ha sido, durante décadas, su defensor más tenaz.

Yo no puedo recordar a Francis sin volver a mi niñez. Porque entre 1976 y 1986, él se desempeñó como especialista en literatura en la Casa de Cultura “Alejo Carpentier” de Jaruco. Y por esos años, yo acompañaba a mi mamá, Encarnación de Armas, que ya escribía espléndidas décimas, a las actividades del Taller Literario Pulso y Onda. Así, descubrí que la literatura no era algo lejano. Gracias a Francis, por mi pueblo natal pasaron autores cubanos de la talla de Dora Alonso, Eliseo Diego, Onelio Jorge Cardoso… Nombres que para una niña eran como ventanas abiertas a un mundo mayor. Ese trabajo silencioso, sostenido durante años al frente del taller, fue un regalo para Jaruco y para varias generaciones.

Pero la obra de Rey Alfonso no se detiene en la promoción literaria. Licenciado en Filología y especializado en Literatura Hispanoamericana, comenzó analizando la obra de Alejo Carpentier o Cecilia Valdés. Su camino lo llevó después al Ballet Nacional de Cuba, donde entre 1986 y 1999 fue investigador de temas históricos, estéticos y culturales. Allí, con devoción y severo ojo investigador, se sumergió en un mundo que lo sedujo para siempre. Fruto de esa entrega son títulos como Grandes momentos del ballet romántico en Cuba, Incendio de alma: José Martí y la danza o Anna Pávlova en Cuba, textos de referencia obligada para entender la danza teatral en la isla.

Sin embargo, su corazón nunca se fue de Jaruco. Como historiador municipal, ha dedicado buena parte de su vida a rescatar la memoria de la ciudad, a impartir conferencias, a escribir y a insistir, una y otra vez, en la importancia de que Jaruco siga siendo reconocida como Ciudad Condal. No es un dato menor: pocas ciudades cubanas y del mundo, pueden exhibir ese título, y Francis ha sido el principal divulgador de su significado, de su historia y de su valor. Por eso ha sido reconocido como Hijo Ilustre, y por eso su pasión por la investigación y la promoción de la cultura cubana le ha valido numerosos premios, entre ellos la Distinción por la Cultura Nacional.

Pero hay un detalle que habla más de Francis que cualquier galardón: cuidó de su madre hasta su último aliento. Fue un hijo maravilloso, de esos que no se despegan, que devuelven con amor lo que recibieron. Quienes lo conocen saben que esa entrega, silenciosa y firme, dice tanto de él como sus libros.

Hoy, mientras sopla las velas, celebramos no solo otro año de vida, sino la entrega de un hombre que ha hecho de la investigación un acto de amor. Lo celebramos desde aquí y desde allá, porque Jaruco no se queda donde uno nace: se enraíza, se lleva, se vuelve un murmullo constante. Hay quien cambia de casa, de ciudad, de rumbo, pero nunca de pueblo: el pueblo natal es esa semilla que uno carga en el bolsillo del alma y que, sin pedir permiso, florece cada vez que alguien pronuncia su nombre. Por eso seguimos siendo jaruqueños dondequiera que estemos. Francisco Rey Alfonso es el guardián de esa memoria, el defensor incansable de que Jaruco sea reconocida por lo que es: una Ciudad Condal con historia, con cultura y con orgullo. Y para mí, y para tantos que crecimos entre libros, historia y escritura, es también Francis: el que abrió puertas, el que trajo voces, el que nos enseñó que Jaruco también cabía en la gran historia de la cultura cubana.

Hoy, mientras sopla las velas, celebramos no solo otro año de vida, sino la entrega de un hombre que ha hecho de la investigación un acto de amor. Lo celebramos desde aquí y desde allá, porque Jaruco no se queda donde uno nace: se enraíza, se lleva, se vuelve un murmullo constante. Hay quien cambia de casa, de ciudad, de rumbo, pero nunca de pueblo: el pueblo natal es esa semilla que uno carga en el bolsillo del alma y que, sin pedir permiso, florece cada vez que alguien pronuncia su nombre. Por eso seguimos siendo jaruqueños dondequiera que estemos. Francisco Rey Alfonso es el guardián de esa memoria, el defensor incansable de que Jaruco sea reconocida por lo que es: una Ciudad Condal con historia, con cultura y con orgullo. Y para mí, y para tantos que crecimos entre libros, historia y escritura, es también Francis: el que abrió puertas, el que trajo voces, el que nos enseñó que Jaruco también cabía en la gran historia de la cultura cubana.

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